viernes, 6 de diciembre de 2013

Los judíos en Al-Ándalus

En el año 711 d.C., los musulmanes entran en la península ibérica, y en pocos años consiguen dominarla. Los judíos ven esperanzados la nueva situación, pues el poder visigodo les estaba llevando a una situación insostenible, mientras que el islam amparaba a los "pueblos del Libro".

Ciudades recién conquistadas, como Córdoba, Málaga, Granada, Sevilla, y Toledo, fueron puestas bajo el control de sus habitantes judíos, armados por los invasores, quienes de esta manera se vieron libres de seguir avanzando hacia el norte.

Hypostille Hall - La Mezquita - Córdoba
Mezquita de Córdoba
En el nuevo orden que surge tras la llegada de los invasores, judíos y cristianos son equiparados en todo en la dhimmah, ley islámica que protege a los infieles monoteístas y los pone bajo protección, con derechos y deberes diferenciados.

Tienen garantiza la libertad de culto, y si bien están sujetos a impuestos especiales,  se les autoriza a tener sus propios líderes y tribunales que los juzguen conforme a sus leyes y costumbres. Sólo les estaba vedado ejercer oficios que supusieran una autoridad sobre los creyentes musulmanes: el ejército y el funcionariado. Son mayoritariamente comerciantes, prestamistas y artesanos, pero también hay agricultores.

Durante el emirato y el califato Omeya, florecen las aljamas en España como entidades administrativas y las artes y las ciencias se desarrollan en lo que se da en llamar "la edad de oro de cultura judía".

Se registra una fuerte inmigración judía del norte de África y se da incluso el caso de ciudades en las que los judíos son la población mayoritaria, como ocurre por ejemplo en Lucena. La situación se prolonga más allá de la caída del califato, durante los primeros años de los reinos de Taifa.

En este ambiente de bonanza, despuntan algunas figuras judías que alcanzan grandes cotas de poder, a pesar de las teóricas restricciones, como es el caso de Hasday ibn Saprut en Córdoba y Samuel ibn Nagrella en Granada, aunque su preeminencia les hace también atraer grandes rechazos por parte de la población hispano-musulmana.

Tras la caída de Toledo en manos cristianas y la posterior invasión almorávide en 1086, la situación se torna nuevamente difícil para todos, y en particular para los judíos.

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